Durante más de dos décadas, una cineasta migrante documenta la fractura de la estatua de María Lionza, deidad central de la espiritualidad venezolana. Su rotura, el resguardo del original y la instalación de una réplica revelan una herida más profunda. Mientras Caracas se fragmenta social y políticamente, la autora reconoce en la Diosa quebrada su propio quiebre: el de habitar el no lugar, entre Venezuela y Chile. La historia de la estatua se vuelve así una vía para comprender una identidad dividida y una experiencia migrante compartida por muchas venezolanas.